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Autor Tema: La resistencia de la última subasta cantada de pescado en Catalunya  (Llegit 271 cops)

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“Nunca dejaremos morir esta subasta a no ser que nos quedemos sin pescadores”, asegura la alcaldesa de Montgat
La banda sonora de la iglesia de Sant Joan de Montgat no da lugar a la duda. Es casi la una en punto del mediodía y las banderillas blancas, azul cielo y marino que cuelgan en las calles del casco antiguo denotan que la resaca de la verbena será eterna. Llega el segundo repique de campanas y, con la reverberación, el pistoletazo de salida de la última subasta cantada de pescado de Catalunya. De las treinta cofradías de pescadores que quedaban, la de Badalona agonizaba con este mismo sistema antes de desaparecer en favor de la digitalización. Pero Montgat resiste y se ha quedado sola entre el peligro y la expectación.

Aquí nadie llega tarde porque no se puede dejar escapar un impás fundamental: la exposición del género para calibrar en silencio la calidad, la cantidad y los costes del tesoro que se codicia al lado del competidor. Esta vez no ha hecho falta un sorteo entre pescadores para decidir el orden de la subasta. Sólo se ha presentado uno para la ocasión; señal de alarma en tiempos de escasez de pesca, sí, pero sobre todo de pescadores. La voz cantante la lleva Ángel Domínguez, quien con la buena ayuda de Javier Matons en la gestión, subasta lo poco o lo mucho que ha sacado por la mañana con su embarcación de un Mar Mediterráneo cada vez más enfermo. “¿Hay alguien nuevo?” dice con su voz castigada. “Hay alguien nuevo?”, repite impaciente sabiendo la respuesta. Espera un segundo más para que los dos tímidos levanten la mano y se expongan ante la mirada de los viejos del lugar.

La subasta de Montgat es la única de Catalunya en la que se canta el precio


En la subasta cantada de Montgat se conocen todos. Al novato se le cala rápido al no conocer la parafernalia del lenguaje verbal y no verbal necesario para no salir escaldado a la primera de cambio. Por eso, el pescador desgrana sin demasiada precisión un par de puntos cardinales para gozar de una subasta sin incidencias mayores. “A ver… se paga a última hora, no antes. Se puede escoger la panera que más guste, ¿vale? Se cantan los céntimos de cinco en cinco en orden decreciente antes de cambiar de unidad de euro. Cuando el pescado llegue al precio que os guste hay que gritar “yo”. Luego sobre el precio se le añade el 10% del IVA más 5 céntimos de la bolsa. En caso de empate soy yo el que decide”, recalca. Coleta mojada de agua salada recogida con una gorra, cadena de oro en el cuello, camiseta de tirantes, brazos tostados con la musculatura marcada y lengua locuaz. A los nueve años, Ángel Domínguez ya pisaba la arena con los pies descalzos para valorar las capturas de las barcas recién llegadas de alta mar, y a los quince ya subastaba ante el público con una agilidad asombrosa antes de llegar a ser el patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de Montgat. “Es la única subasta cantada directamente al público donde los precios van de arriba para abajo. ¡Esto es Patrimonio Nacional y que dure! Espero que unos pocos años más”, sentencia no sin un poco de nostalgia en la última ese.

Una calma tensa precede al inicio de las escaramuzas. Los asistentes a la subasta han cogido asiento y se mantienen en silencio sepulcral con la cabeza gacha. Sorprende el poco género que se exhibe al público, mayoritariamente masculino y de una edad avanzada. Se trata de una subasta modesta si se compara con fotografías de hace veinte, treinta o cuarenta años. La falta de pescadores se suma a que algunos prefieren ir a lonjas más importantes de la zona, como Blanes o Arenys, donde cobran incluso más y sin tantos esfuerzos. Es decir, todo pescador es libre de vender donde le plazca y el que lo hace en la subasta cantada de Montgat lo hace convencido de que quizás perderá algo de dinero.
Subasta de Montgat  Marc Casanovas
A medio metro de los pies, sepias, calamares, langostinos, lenguados, salmonetes de fango, podas, brecas, ratas, herreras y morralla de colores vivos buscan dueño sin la presencia de profesionales de pescaderías ni distribuidoras. Todo está perfectamente organizado en paneras de mimbre encima de unas plataformas cubiertas de la luz solar por una carpa móvil. Se empieza con unos langostinos de un aspecto formidable. “Estamos a 32 euros la banda,... 50,45,40,35,30,25,20,15,10,5,...31 la banda,... 50, 45,40,35,30,25,20,15,10,5,...30 la banda… 50, 45,40,35,30,25,20,15,10,5,... 29 la banda…. 50, 45,40,35,30,25,20,15,10,5,... 28 la banda, 95, 90, 85, 80, 75, 70, 65, 60, 55, 50, 45,40,35,30,25,20,15,10,5”. La subasta cantada llega hasta los 23 euros con 20 céntimos. Cèlia Botes, una de las más veteranas del lugar y que nunca falta a la cita, se lleva el gato al agua y los langostinos son suyos. “Hace tanto que vengo que no sé decirte un año aproximado. Dejémoslo en un simple “de toda la vida””, dice con cierta astucia y la mente clara. “Espero que las paneras bajen a 20 o 19 euros para disfrutar del mejor pescado a buen precio. Hoy lo he pagado más caro de lo habitual porque no podía esperar más. Viene la familia a comer a casa y no se me podían escapar esos langostinos”.

Cèlia Botes reconoce que hay que venir preparada a esta particular subasta. “Voy al mercado y ahí es donde comparo precios a cada momento. Sé cuánto pagar sin pasarme de todo lo se que suele poner a la venta. Mientras ellos sigan viniendo, aquí estaré. Me entristecería muchísimo que lo dejaran de hacer por falta de pesca o de pescadores. Sería una pena que se perdiera esta tradición. Hay hobbies de todo tipo y el mío es bajar cada mediodía aquí. Es donde hablo con la gente de otras calles del pueblo. Además, venir a la subasta no implica que compre. No me voy cada día con un lenguado dentro de la bolsa. Pagar por pagar, eso nunca. La mayoría de pescado salvaje me costará tres veces más si lo compro en la pescadería”, recalca desde su banco donde le suelen guardar asiento privilegiado.

La mayoría de pescado salvaje me costará tres veces más si lo compro en la pescadería

La subasta cantada prosigue sin prisa pero sin pausa. Las paneras se van vaciando y al fin llega el primer conflicto. Dos personas cantan “Yo” casi al mismo microsegundo para lograr unas podas (tacons en catalán). Se trata de un pez plano de la familia del lenguado que recuerda a un pedazo de ropa y que en otros pueblos catalanes llaman tapaculos o tapacoños. “Yo he escuchado primero al señor de aquí atrás, así que te tengo que dejar sin ellos”, dice Ángel Domínguez mirando hacia el perdedor del empate técnico. Normalmente, las decisiones polémicas se acatan sin rechistar, pero a veces la disputa prosigue y hay que jugarse la panera a un cara o cruz o, si alguien lo tiene muy claro, pagando un extra. “Las he visto de todos los colores y alguna pelea se ha dado muy fugazmente”.

Media hora después está todo el pescado liquidado. “La morralla que sobra es para la suegra”, dice Ángel bromeando. Los asistentes se levantan en orden y van pagando en metálico con billetes perfumados de salitre. De manera inesperada surge un último percance con el último comprador que desea negociar el precio final en caja. “Hay ciertas normas no escritas que hay que respetar. No puedes regatear el precio cuando todo el mundo se ha ido. ¡Ni hablar! Sería faltar el respeto a todos los que han venido hoy aquí. El precio de la subasta nunca se rebaja a posteriori. No lo voy a tolerar”, dice Ángel con contundencia. El silencio vuelve a la plaza de Sant Joan, que retomará la subasta al día siguiente a la misma hora si el mar y los pocos pescadores lo permiten. En menos de tres cuartos de hora se ha escenificado una de las pocas manifestaciones vivas del patrimonio marítimo catalán que siguen intactas desde el siglo XVIII. O dicho de otra manera, una de las actividades de interés etnológicas más relevantes que hay que preservar contra viento y marea ante la digitalización general de las subastas de pescado y que hay que saber explotar para atraer el turismo responsable.


Así lo defienden Laia Aleixendri, Núria Fernández y Alfons Garrido, autores del texto La subasta cantada de Montgat: documentar la comercialización del pescado para la revista de Etnología de Catalunya. “Pese a su plasticidad, las cintas de las lonjas son escenarios fríos y funcionales. Por eso, las últimas subastas cantadas que se conservan en Catalunya, como la de la playa de Montgat, son como episodios de la cotidianidad pesquera congelados en el tiempo, cuya plasticidad y autenticidad siguen atrayendo a los curiosos y nostálgicos. En este sentido, Montgat es un observatorio ideal para conocer los cimientos de un método de comercialización del pescado que en Catalunya se ha transformado radicalmente”. Y la pregunta es inevitable: ¿Por qué Montgat resiste la imposición de la transformación digital como la última aldea donde los pescadores tradicionales mandan sobre las lonjas que mueven cargas enormes como en Palamós? “Montgat se originó como un pequeño asentamiento de pescadores dependiendo inicialmente del municipio de Tiana, del que se independizó en 1933. Sus habitantes identifican dos áreas muy concretas del municipio: “el Montgat del humo” y “el Montgat del Pescado”. Ambos barrios presentan características urbanísticas bastante diferentes que reflejan el equilibrio entre la entrada de la industria y las chimeneas con la pervivencia del oficio de marinero y las actividades que se derivan”, escriben los tres etnólogos.

Así pues, como la famosa aldea gala con los romanos, Montgat goza de una esencia pesquera singular que siempre tiene un último coletazo cuando todos la dan por muerta. “La Cofradía de Pescadores Virgen del Carmen de Montgat, Masnou y Premià de Mar es una de las más pequeñas de Catalunya. Ha sufrido un acentuado descenso en el número de pescadores (...) En el siglo XIX vivían directamente de la pesca más de 300 personas; en 1987, la Cofradía tenía 70 miembros activos, y hoy en día los afiliados no superan la veintena. Todos ellos practican la pesca artesanal, generalmente utilizan la técnica del trasmallo, la solta, la nansa y la potera”, dice la revista.

En el siglo XIX vivían directamente de la pesca más de 300 personas; hoy en día los afiliados no superan la veintena
Lo que la revista no podía saber en su día son los datos actualizados, ya que de esa veintena se ha pasado a sólo dos que mantienen la subasta cantada: Ángel y Salvador. Si ellos fallan, se acaba la subasta para siempre.. “Me conozco a todos los habitantes del pueblo que pasan por aquí y sus tics a la hora de pujar. Unos más atrevidos, otros más reservados o conservadores. Ya sé de qué pie calza cada uno. Eso me permite hacer mucho cachondeo con ellos”, suelta mientras hace caja contando monedas y billetes. “Quien venga a esta subasta tiene que venir preparado, saber de precios, de producto y saber que después hay que limpiar el pescado; que esto no es es una pescadería de mercado. O aceptas todas estas premisas o mejor ir al mercado a pagarlo todo al doble o el triple de precio. Este género no lo tienes en la pescadería porque, excepto las pescaderías que abren unas horas por la tarde, significa que ya todo se vende un día atrasado.

Es lo que pasa con la mayoría del pescado de Blanes o Arenys de Mar. Nosotros somos la demostración de que es mentira de que los lunes no hay pescado fresco”. Y acaba resumiendo sin adornos la situación pasada y actual. “Éramos cuatro pescadores con barcas pequeñas. No pescábamos mucho y la lonja más cercana estaba en Arenys de Mar. Fue un ambiente que propició la creación de la subasta en rotllo o rotllana (redonda en catalán) en la playa. El problema es que cada vez somos menos porque el oficio decae a marchas forzadas. Los inviernos son cada vez peores y hay que trabajar mucho para muy poca pesca. En verano el tiempo es más propicio y nos permite salir más. Los jóvenes se lo piensan dos veces antes de hacerse pescadores; les meten palos por todos lados y hay que pagar dinero a todos ¡Lo caro no es mantener el barco, lo caro es mantener las redes! Y esto no marcha bien cada día. Antes las temporadas de merluza o lenguado estaban muy bien definidas y ahora ya no. Hay días que pescas algo y otros que no, por eso no podemos garantizar la subasta a diario y se decide a última hora”.

Por su parte, el Ayuntamiento de Montgat no ha tenido más remedio que ponerse manos a la obra. El 24 de septiembre de 2012 se distinguió la subasta cantada como Bien Cultural de Interés Local (BCIL). Fue un primer paso para garantizar la conservación y protección de esta actividad, pero faltan más ayudas. “El Ayuntamiento de Montgat quiere declarar esta subasta patrimonio inmaterial del municipio. La subasta cantada representa nuestra esencia como pueblo”, dice la alcaldesa Mercè Marín. “Por eso también estamos buscando fomentar y promocionar la profesión. Una vez se devuelva la subasta a un espacio más digno, la idea es crear algún curso para fomentar el interés por la pesca entre los jóvenes e incluso que se puedan realizar prácticas al lado de pescadores experimentados. Quizás pensamos más en los problemas de la agricultura y poco en el momento actual de la pesca”.

Es cuestión de tiempo que la subasta cantada de Montgat vuelva al lugar de donde nunca debería haberse ido. Con las nuevas obras del paseo marítimo, Montgat podrá dignificar el enclave original para darle toda la importancia (y promoción) que merece, cruzando los dedos para que los pocos pescadores montgatinos no dejen de salir a la mar para alimentar a sus vecinos. Porque nunca se sabe,... A veces algo tan poco trascendental como un mensaje lanzado al mar de Twitter puede suponer un empujón inesperado. Es el caso de Ana Casanova, montgatina y profesora de cocina que con sus homenajes periódicos a la subasta cantada de su pueblo, logra despertar el interés de medios de comunicación despistados y curiosos que pasaban por ahí donde el ruido del tren de Rodalies apaga el sonido de las olas./La Vanguardia









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